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Sembradores de paz y de alegría
El mundo contemporáneo, lleno de esperanzas, presenta al mismo tiempo retos y problemas urgentes que exigen una respuesta convincente por parte de los cristianos. Porque, no podemos olvidarlo, Cristo es nuestra paz. El cristiano, con la mirada fija en la patria celestial, no se despreocupa de lo que ocurre en la patria terrena, porque es propio de quiénes nos preparamos a gozar de la paz eterna y de la justicia divina que se identifica con la Misericordia y el Amor, con nuestra fe vivida y encarnada en la búsqueda de la paz y de la justicia.
La presencia operativa de los cristianos en la sociedad debe transformar las esperanzas del mundo de hoy en realidades de amor y de servicio; y debe proporcionar respuestas ciertas y auténticas a los problemas y a los retos actuales. Si todo cristiano debe ser operador de paz y de justicia, el Fundador del Opus Dei quería ser “sembrador de paz y de alegría”. A lo largo de su vida, y a través de su ejemplo, y de sus enseñanzas, Josemaría Escrivá sembró eficazmente justicia, paz y amor. Siembra fecunda, que continúa hoy viva y operante en el espíritu apostólico de sus hijos espirituales en tantas iniciativas sociales promovidas por él directamente o inspiradas por él.
El núcleo de su mensaje gira en torno a la santificación de la vida ordinaria a través del trabajo cotidiano. Y ¿dónde si no en la vida ordinaria se construye un mundo de paz y de justicia? Es en el hogar familiar, en la escuela, en las oficinas públicas, en las empresas, en el campo donde el cristiano debe dar testimonio de su fe y llegar a ser un auténtico sembrador de paz y de alegría como –repito- le gustaba decir al fundador del Opus Dei. Es justo ahí donde hay que configurar cristianamente el mundo: en la vida cotidiana, en las relaciones sociales, con la libertad de los hijos de Dios. “El mundo nos espera. ¡Sí!, amamos apasionadamente este mundo porque Dios así nos lo ha enseñado: Sic Deus dilexit mundum... así Dios amó al mundo; y porque es el lugar de nuestro campo de batalla una hermosísima guerra de caridad, para que todos alcancemos la paz que Cristo ha venido a instaurar”. (Surco, n. 290).
Sé que Josemaría Escrivá quería que en el catecismo de la doctrina cristiana hubiera algunas referencias a los deberes sociales y políticos de los cristianos en la comunidad civil para formar así desde la infancia a los católicos en la unidad de vida: un buen cristiano debe ser también un buen ciudadano, sembrador de paz. Su deseo se ha hecho realidad, y el Catecismo de la Iglesia Católica dedica el segundo capítulo de la tercera parte a esta temática. Allí se puede leer : “La participación es el compromiso voluntario y generoso de la persona en los intercambios sociales. Es necesario que todos participen, cada uno según el lugar que ocupa y el papel que desempeña, en promover el bien común. Este deber es inherente a la dignidad de la persona humana” (n. 1913). “La participación se realiza ante todo con la dedicación a las tareas cuya responsabilidad personal se asume: por la atención prestada a la educación de su familia, por la responsabilidad en su trabajo, el hombre participa en el bien de los demás y de la sociedad” (n. 1914).
La misión apostólica del cristiano, según las enseñanzas de Josemaría Escrivá, implica participación social y responsabilidad personal. Quiera el Señor, a través de la intercesión de la Virgen Santísima y de Josemaría Escrivá, que los cristianos lleguemos a ser verdaderamente operadores de paz y justicia fundadas en el perdón, o con palabras del Fundador del Opus Dei, “sembradores de paz y de alegría”.
Y yo deseo que estos sembradores de paz y de alegría, con el soplo del Espíritu Santo, lleguen también hasta el Extremo Oriente, hasta el Vietnam.
El cardenal Francois-Xavier Van Thuan, fue obispo de Nha Trang y Saigón (Vietnam). Estuvo en prisión durante 13 años por motivos religiosos y fue represaliado por el régimen comunista de Ho Chi Minh.
En 1998 fue nombrado por Juan Pablo II presidente del Pontificio Consejo de Justicia y Paz y en 2001 fue nombrado cardenal. Murió pocos meses después, el 16 de septiembre de 2002.
Artículo publicado en el suplemento de L’Osservatore Romano, 6 de octubre de 2002
http://www.es.josemariaescriva.info/articulo/sembradores-de-paz-y-de-alegria
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