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Aquí estuvo, después de los Pirineos

29 de noviembre de 2011

Etiquetas: Paso de los Pirineos, Retiro, Josemaría Escrivá, Navarra
Una placa en el Palacio Arzobispal de Pamplona recuerda el primer curso de retiro de san Josemaría después del Paso de los Pirineos

La capilla del palacio arzobispal de Pamplona, donde san Josemaría hizo el primer curso de retiro después del Paso de los Pirineos
La capilla del palacio arzobispal de Pamplona, donde san Josemaría hizo el primer curso de retiro después del Paso de los Pirineos
El día 11 de diciembre de 1937 San Josemaría, que había logrado pasar los Pirineos andando, estaba en San Sebastián. Desde allí se fue a Zarautz, un pueblo costero cercano a la capital guipuzcoana donde mantuvo una conversación con Monseñor Marcelino Olaechea, Obispo de Pamplona; éste le hizo prometer que iría unos días a descansar al palacio episcopal de Pamplona.

Llegó allí el 17 de diciembre a la hora del almuerzo y le comentó al Sr. Obispo que iba con la intención de hacer un retiro espiritual.

Una placa situada sobre la ventana de la capilla arzobispal conmemora esos días:

Placa conmemorativa del primer curso de retiro de san Josemaría después del paso de los Pirineos
Placa conmemorativa del primer curso de retiro de san Josemaría después del paso de los Pirineos
"En el mes de diciembre de 1937, después de superar muchos sufrimientos y peligros durante la persecución religiosa promovida en algunas zonas del país, por la evidente protección del Señor y de su Santísima Madre, San Josemaría Escrivá de Balaguer realizó unos días de retiro espiritual en esta Capilla, acogido por el cariño paternal de Monseñor Marcelino Olaechea, Obispo de Pamplona. En aquellas jornadas el Fundador del Opus Dei recibió abundantes dones divinos que le llevaron a un desbordamiento de afectos hacia la Sagrada Eucaristía, como el mencionado en el punto 438 de su libro Camino".

En el citado punto escribe: "¡Loco! —Ya te vi —te creías solo en la capilla episcopal— poner en cada cáliz y en cada patena, recién consagrados, un beso: para que se lo encuentre El, cuando por primera vez "baje" a esos vasos eucarísticos".

Y es que el 22 de diciembre, el Vicario había consagrado en la capilla de palacio los cálices que iban a enviarse a los sacerdotes castrenses. Don Josemaría se aseguró de que nadie rondaba por allí: “Me quedé un momento solo en la capilla, y puse, para que mi Señor se lo encuentre la primera vez que baje a esos vasos sagrados, un beso en cada cáliz y en cada patena: Eran veinticinco”.