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Alfonso Nieto y la huella de san Josemaría

San Josemaría, en el acto de erección del Estudio General de Navarra, 1960. Detrás se ve a Alfonso Nieto
Publicamos un discurso suyo, pronunciado en la Universidad de Navarra el 26-VI-1985. Palabras que hoy cobran especial relieve, pues muchos han visto cómo don Alfonso ha buscado seguir la huella de un santo que fue su padre y su maestro.
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"Josemaría Escrivá, sacerdote de Dios, trabajador ejemplar"
Alfonso Nieto, 26-VI-1985
Hoy es el décimo aniversario del fallecimiento de Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador y Primer Gran Canciller de la Universidad de Navarra; diez años han transcurrido desde aquella dolorosa separación, y su presencia llena con mayor fuerza nuestro quehacer universitario.

En 2003 la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra rindió homenaje a Alfonso Nieto por sus 37 años de servicio al centro académico.
Intentar hacer un resumen de lo que enseñó sobre el trabajo como valor humano y sobrenatural, y reseñar su vida de trabajador, puede parecer -realmente lo es- tarea imposible de abarcar. Nunca quiso hablar más que de Dios, por lo tanto, sólo con mirada de eternidad es posible encontrar el significado pleno de sus escritos. Trabajó intensamente y vivió las realidades más humanas del trabajo, ya fuera intelectual o manual, abrazando en su enseñanza a todas las profesiones y oficios realizados con honradez. Pero además, son tan abundantes los textos sobre el trabajo que nos ha legado, que cualquier intento de selección se asemeja a tomar pequeñas piezas de un caudal ofrecido sin límite.
Por qué el trabajo
¿Por qué el trabajo humano es la clave de su mensaje espiritual?. Sólo adentrándonos en la intimidad de los designios divinos, será posible encontrar cumplida respuesta a esta interrogación, sin limitarnos a repasar la historia del mundo con criterio exclusivamente terreno que podría calificar de casual lo que en verdad es Providencia. No fue casual que aquel dos de octubre del año 1928 comenzara en la tierra la difusión de un mensaje renovador del trabajo. Podríamos preguntarnos: ¿por qué Dios, Señor del tiempo y de la eternidad, «esperó» hasta ese día? Para los humanos quizá sea necesario partir de una realidad sencilla: la memoria del hombre es flaca y el paso del tiempo le hace olvidar el verdadero fin de la naturaleza creada. Pero si la memoria humana es frágil, Dios siempre nos tiene en presente y, cuando incurrimos en olvidos durante siglos, envía mensajeros que anuncian de nuevo la verdad olvidada. Son los hombres de Dios quienes recuerdan y redescubren las encubiertas maravillas de la Creación.
Durante muchos siglos el género humano había olvidado que el medio más habitual para entablar la relación entre la criatura y su Creador es el trabajo ordinario, los oficios y tareas profesionales que mujeres y hombres realizan día a día. Por contraste, esos mismos siglos vieron crecer la importancia del trabajo en los órdenes económico y social, hasta constituir uno de los elementos esenciales en la configuración del mundo. Como factor de producción, llegó a ser una de las claves de las relaciones humanas y, en algunas épocas y países, el trabajo desplazó a la valoración de la persona humana, al trabajador.

Alfonso Nieto, primer catedrático de Empresa Informativa de España, junto al profesor Francisco Iglesias. Año 1992.
Conocer la vida ejemplar de un hombre de Dios, exige prestar atención a los detalles y modos de actuar en su quehacer cotidiano. ¿Cómo trabajaba Mons. Escrivá de Balaguer?
Lo que hoy resulta lógico, hace más de medio siglo parecía una locura. No fue tarea fácil retornar valor al trabajo, infravalorado en su dimensión humana y sobrenatural. Mons. Escrivá de Balaguer revalorizó el trabajo otorgándole valor inmenso. Tan profundo era su amor al trabajo que le llevó a decir: si alguno de vosotros no amara el trabajo, ¡el que le corresponde!, si no se sintiera auténticamente comprometido en una de las nobles ocupaciones terrenas para santificarla, si careciera de una vocación profesional, no llegaría jamás a calar en la entraña sobrenatural de la doctrina que expone este sacerdote, precisamente porque le faltaría una condición indispensable: la de ser un trabajador.
Tan inhumano resulta pensar que el hombre es sólo trabajo, como negar la obligación universal de ser trabajador. Oficios y profesiones acompañan inseparablemente la andadura terrena de las personas, son elemento común para relacionarnos con nuestros semejantes y con quien nos ha creado a Su semejanza, con Dios. Si trabajadores debemos ser todos los hombres, si el quehacer laboral es motor de relaciones sociales, si no existe un bien más universal que el trabajo, ¿no es lógico que el trabajo sea el crisol habitual donde se funden vida natural y vida sobrenatural? Esta lógica divina y humana fue proclamada por Mons. Escrivá de Balaguer recordando la llamada universal a la santidad.
Non recuso laborem!
Hablar de trabajadores y de trabajos implica invocar a la libertad, pues sólo el hombre libre, con autonomía en su laborar, merece el noble título de trabajador. Quien separa trabajo y libertad, abre puertas a la esclavitud. La libertad es indispensable para conseguir que el trabajo se multiplique en nuevas formas de satisfacer necesidades, haciendo de la división del trabajo mucho más que un modo de especializar los quehaceres del hombre. Gracias a la libertad el trabajador promueve nuevos trabajos, y participa en la continuada actividad creadora. La división del trabajo no significa dividir el concepto de trabajador. Lo natural en el hombre es trabajar, esforzarse para alcanzar un resultado, pero el resultado material no es única medida del trabajador, sino medio para que Dios mida.
Con sabiduría de artista, con felicidad de poeta, con seguridad de maestro, y con un pudor más persuasivo que la elocuencia, buscando -al buscar la perfección cristiana en su profesión- el bien de toda la humanidad. Así trabajaba el Fundador del Opus Dei.

Aprendió de san Josemaría que "el tiempo es gloria". Y solía repetir: "el tiempo tiene un dueño, que no eres tú..."
Mons. Escrivá fijó para el tiempo un valor superior al del oro, de ahí que el hombre no deba perder o despreciar ni un segundo. Tiempo y trabajo tienen valor de eternidad, y tan elevada dignidad se fundamenta en la íntima inserción del trabajo en la Voluntad de Dios que lo asume, lo hace suyo.
Ponderar el mensaje espiritual del Primer Gran Canciller de esta Universidad sobre el trabajo, es ocasión próxima de apasionarse por la profesión o el oficio, y de entender la necesidad de trabajar más y mejor. En la intimidad gustaba repetir la frase pronunciada hace mil seiscientos años en un pueblecito francés -Candes- allá donde confluyen las aguas del Vienne y del Loira: non recuso laborem! Disculpadme si rememoro una historia, sin duda conocida por muchos de vosotros.
En el siglo IV de nuestra era vivió en la Galia un militar de la guardia imperial que, un buen día, partió su capa para entregar la mitad a un pobre. Así nos representa la iconografía a San Martín, Obispo de Tours. Cuenta la historia que al final de su vida los discípulos le pidieron que asumiera nuevas tareas, a lo que contestó con estas palabras: «Señor, si todavía soy necesario a tu pueblo, no rehúso el trabajo». Aquel non recuso laborem cobra universalidad en la vida y en el mensaje de Mons. Escrivá de Balaguer: nunca rehusó el trabajo, sirvió con fidelidad para hacer de mano tendida por Dios a fin de que ningún trabajo, ningún trabajador cabal, quedara recusado de los caminos de santidad.

Alfonso Nieto, el tercero empezando por la izquierda, cuando empezaba la Facultad de comunicación institucional de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, en Roma
Si la memoria del hombre es frágil para recordar el origen y el fin del trabajo, también la voluntad es débil cuando de trabajar se trata. Ciertamente la imaginación humana no ha volcado alegría y optimismo sobre el concepto de trabajo, comenzando por el significado etimológico del término, que invoca traba u obstáculo (trabs) o, en consideración más siniestra, instrumento de tortura compuesto por tres palos (tripaliare).
El trabajo es una estupenda realidad, noble fatiga creadora de los hombres. Con imagen expresiva, llena de fino sentido del humor, definió el trabajo en el Opus Dei como una enfermedad crónica, contagiosa, incurable y progresiva. Ante esa «enfermedad» no cabe poner cara de víctima ni evadirse.
La enseñanza sobre el trabajo que Mons. Escrivá de Balaguer ha legado a la humanidad, está empapada de serena alegría y visión alentadora, sin excluir el dolor que el trabajador puede llevar consigo. El dolor no es ajeno a los designios divinos, entra en los planes de Dios. Esa es la realidad aunque cueste entenderla. El trabajo realizado en ámbitos de libertad, fatiga pero no aliena, gasta al hombre pero no anula su personalidad. A lo largo de la historia del trabajo no han faltado quienes lo manipularon revistiéndolo de sentido destructor. Supondría cerrar los ojos a la realidad desconocer que con el trabajo se han cometido, y cometen, injusticias al trabajador; pero la maldad está en el hombre, no en el trabajo. A poco que se analicen esas situaciones injustas, se encontrarán comportamientos egoístas generadores de tristeza. Para nuestro primer Gran Canciller, el trabajo es una estupenda realidad, noble fatiga creadora de los hombres. Con imagen expresiva, llena de fino sentido del humor, definió el trabajo en el Opus Dei como una enfermedad crónica, contagiosa, incurable y progresiva. Ante esa «enfermedad» no cabe poner cara de víctima ni evadirse.
Su visión del trabajo está llena de sentido humano y sobrenatural, es realista y esperanzada, sin utopías ni ensoñaciones bobaliconas. Toma como punto de partida la bondad natural de las cosas creadas, de todos los aconteceres honestos. Desde ahí abre al trabajador un inmenso panorama con singular poder de atracción: cualquier oficio o profesión tiene virtualidad de ser encuentro de la criatura con su Creador.

En la Pontificia universidad de la Santa Cruz, cuando fue nombrado Doctor Honoris Causa
Un lema del Fundador de esta Universidad, sintetiza el espíritu solidario en el trabajo: hacer, hacer hacer, dar quehacer (...). Vivió la solidaridad en grado sumo, porque hizo de toda su vida un constante servicio a los demás. También en este punto su vida es reflejo de sus palabras: "yo la solidaridad la mido por obras de servicio".
Dijo un poeta francés, «sólo amo el trabajo del trabajo», dando a entender de este modo su predilección por el laborar consciente, reflexivo y tenaz, no improvisado ni espontáneo. El esfuerzo del trabajo tiene la belleza de cuanto es arduo y supone conquista del hombre que, al compás de la fatiga, va desarrollando su propia personalidad. Mediante el trabajo -dice Juan Pablo II- el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sano que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en cierto sentido se hace más hombre.
Manifestación del crecimiento de la personalidad del hombre, es la impronta de solidaridad en todo lo que realiza. En la entraña del trabajo está su carácter solidario que busca el bien temporal de la humanidad entera. Si el trabajo se agotara en el trabajador, afloraría el egoísmo que borra el servicio solidario; no sería auténtico trabajo. Porque el trabajo es servicio a los demás, se deben poner todos los medios para que desaparezca cualquier atisbo de insolidaridad. Son dos las situaciones extremas de insolidaridad ante el trabajo. Una la padece quien quiere trabajar y no encuentra trabajo; otra, quien abusa de la solidaridad ajena y, teniendo posibilidades de encontrar empleo, se niega a trabajar. A quien no tiene empleo se le priva de un derecho de la persona: el derecho a trabajar. Al vago -que ése es su nombre- es preciso fustigarle para que no continúe atentando contra el más fundamental de los principios de la equidad. el del trabajo.
Vivir la solidaridad es dar trabajo, procurar que todos trabajen, esforzarse por que aumente el número y calidad de los trabajos, ayudar a los demás en su trabajo y con el propio trabajo. Un lema del Fundador de esta Universidad, sintetiza el espíritu solidario en el trabajo: hacer, hacer hacer, dar quehacer. Pocos de nuestros contemporáneos han contribuido tanto a promover trabajo y a trabajar más. Quizá algún profesional o experto de la estadística -esas personas a quienes gusta cifrar o cuantificar las realizaciones humanas-, podría intentar dar respuesta a una pregunta que en mas de una ocasión me he planteado: ¿cuántos millones de horas de trabajo ha aportado, y continúa aportando a la humanidad, el ejemplo y el mensaje espiritual de Mons. Escrivá de Balaguer? Si difícil fuera dar contestación a esta pregunta, en cambio resulta fácil comprobar que vivió la solidaridad en grado sumo, porque hizo de toda su vida un constante servicio a los demás. También en este punto su vida es reflejo de sus palabras: yo la solidaridad la mido por obras de servicio.

Durante el nombramiento como Doctor Honoris Causa, Universidad de la Santa Cruz, 2008. Detrás se ve a Mons. Javier Echevarría, Gran Canciller de esa universidad
Con felicidad de poeta, con seguridad de maestro
Conocer la vida ejemplar de un hombre de Dios, exige prestar atención a los detalles y modos de actuar en su quehacer cotidiano. ¿Cómo trabajaba Mons. Escrivá de Balaguer? Las almas grandes viven con fidelidad cuanto predican, por eso quiero traer al recuerdo un texto que escribió hace más de medio siglo, donde con profundidad y belleza delinea cómo debe actuar profesionalmente un cristiano: con sabiduría de artista, con felicidad de poeta, con seguridad de maestro, y con un pudor más persuasivo que la elocuencia, buscando -al buscar la perfección cristiana en su profesión y en su estado en el mundo- el bien de toda la humanidad. Así trabajaba el Fundador del Opus Dei.
Con el paso de los años, las personas que esforzadamente rinden su inteligencia en servicio del Espíritu, se ven inundadas por la Sabiduría divina. En premio reciben luces para ver nuevas realidades -dones gratuitamente otorgados- que completan y elevan hacia las más altas cotas la espiritualidad que están sembrando por el mundo. Mons. Escrivá de Balaguer puso especial empeño en mostrar que la Misa constituye el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano. En su constante avanzar de contemplativo en medio del mundo -desde el trabajo y con el trabajo-, después de tantos años, aquel sacerdote hizo un descubrimiento maravilloso: comprendió que la Santa Misa es verdadero trabajo: «operatio Dei», trabajo de Dios. Y ese día, al celebrarla, experimentó dolor, alegría y cansancio. Sintió en su carne el agotamiento de una labor divina. Con ese descubrimiento maravilloso el Fundador de esta Universidad llevó el trabajo a lo más íntimo y sublime del vivir cristiano, allí donde el sacerdote pone en sus manos a Dios, y Dios demanda la colaboración de la palabra del hombre. De algún modo inefable, el trabajo entrelaza la adoración, el sacrificio y la alabanza, a la Divinidad.
Josemaría Escrivá contaba una historia en forma de parábola: la del borrico. Admiraba a esa pequeña bestia de carga, sobre todo por una cosa: porque trabajaba. Con la reciedumbre del alma curtida en alegrías y sufrimientos, quiso que esa historia tuviera un final feliz, porque -decía- la historia de mi borrico termina bien: muere trabajando.
Llega el momento de cerrar este solemne acto académico, celebrado cuando se cumple el décimo aniversario del fallecimiento de Mons. Escrivá de Balaguer. Por mucho que alargáramos nuestras palabras, resultarían pobres para reflejar el homenaje de gratitud que esta Corporación desea tributar a quien ha sido -es y será- el primer universitario de la Universidad de Navarra. Somos conscientes de poseer un inestimable legado de doctrina y espíritu que obliga con toda la fuerza de la generosidad fundacional. Un modo de hacer llegar gratitudes al cielo, es incorporar a nuestro quehacer el mejor patrimonio que siempre tendrá la Universidad de Navarra: el ejemplo y las enseñanzas de su Fundador.
Alfonso Nieto nació en Asturias, España, en 1932, era catedrático de Empresa informativa en la Universidad Complutense de Madrid. Director del Instituto de Periodismo y de la posterior Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra (1969-1974), centro del que además fue rector durante trece años (1979-1991). Sus estudios sobre la economía de la comunicación le han valido el reconocimiento de la comunidad académica internacional. Fue premio de honor del Journal of Media Economics.
Contribuyó a hacer realidad un deseo de san Josemaría: la formación universitaria de los profesionales de la información. Intuyó, adelantándose de nuevo a su tiempo, que los profesionales que se hacen cargo de las tareas de comunicación en instituciones de la Iglesia necesitan una adecuada preparación universitaria. Concretamente promovió el proyecto de la Facultad de comunicación institucional de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, en Roma.

Ver vídeo "in memoriam" prepararado por la Universidad de Navarra
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