Testimonios

Luchando en favor de los Derechos Humanos en Nigeria
Anayo J. Offiah, abogado, Enugu, Nigeria
10 de enero de 2002
“Los hijos de Dios, ciudadanos de la misma categoría que los otros, hemos de participar ‘sin miedo’ en todas las actividades y organizaciones honestas de los hombres, para que Cristo esté presente allí.Nuestro Señor nos pedirá cuenta estrecha si, por dejadez o comodidad, cada uno de nosotros, libremente, no procura intervenir en las obras y en las decisiones humanas, de las que dependen el presente y el futuro de la sociedad”. (Forja, 715)
Cuando entré en contacto con las enseñanzas de Josemaría Escrivá era sólo una joven madre y abogado, que aspiraba únicamente a una brillante carrera, en la que los derechos humanos o el mensaje cristiano del Opus Dei no tenían una gran relevancia. Aunque tenía una buena formación católica, nunca me había planteado la posibilidad se santificar el trabajo o de hacer apostolado entre mis colegas. Nunca había oído con claridad este mensaje hasta que empecé a leer los escritos de Josemaría Escrivá. Echar la mirada atrás me ha ayudado a ver el cambio gradual que se ha producido, especialmente en mi actitud hacia el trabajo y, en general, hacia la persona humana, la sociedad y la totalidad de la vida.
Para que se entiendan bien los siguientes párrafos me centraré en el tema de los derechos humanos y la situación de Nigeria de los últimos años.
Después de una larga historia de colonización bajo Gran Bretaña, una dictadura militar y treinta años de guerra civil, Nigeria se convirtió en 1999 en un país democrático independiente. La mayoría de los nigerianos nunca habían experimentado esto o no se acordaban de lo que significa vivir bajo un código legislativo. En medio de una cultura altamente militarista, las libertades cívicas y los derechos humanos habían sido prácticamente olvidados.
En un país en el que hay una gran diversidad de creencias, de tribus y antepasados, de lenguajes y de culturas, como sucede en Nigeria, no es fácil alcanzar un gobierno estable. Aunque el sistema legal del país permite y establece normas que no van directamente en contra de la justicia moral y de una conciencia recta, en algunas ocasiones las costumbres locales van directamente en contra de los derechos humanos.
Uno de éstos ejemplos es la ley que permite que una niña desde los diez años pueda ser casada con un hombre de más de 50 años lo que trae como consecuencia que la niña sea sometida a un trato inhumano que viola directamente su libertad como persona humana.
Como existen muchas costumbres ofensivas de este tipo, me centraré en mi primer caso legal que violaba directamente los derechos humanos. Llegó a mis manos en 1982. Mi cliente se llamaba Mónica Okeke. Su caso empieza con su situación conyugal: su esposo empezó a vivir en adulterio con la sobrina de Mónica que vivía y trabajaba en su casa. Después de que su esposo se casara con esta sobrina — ya que bajo las costumbres nativas la poligamia es aceptada— él echó de su casa a Mónica junto con sus 10 hijos. Cuando tomé el caso, el marido de Mónica había vendido ya la propiedad en la que ella vivía desde que su marido la echó de casa, propiedad que había sido comprada con los ahorros de ambos, aunque legalmente solo se registró a nombre del esposo. La ley nigeriana sigue las costumbres locales en lo que respecta al matrimonio, y éstas no reconocen a la mujer como propietaria de tierras. Cuando presentamos al juez la prueba de la contribución de Mónica a la compra de la propiedad, no reconoció nuestras pruebas y perdimos el caso. Al mismo tiempo, las mismas costumbres locales impiden el regreso a casa de los padres. En esta situación ella se tuvo que exiliar de la comunidad. Yo estaba deshecha porque, tanto la ley civil como las costumbres nativas, no reconocían ningún derecho a mi cliente.
Este caso permaneció en mi mente durante mucho tiempo. Reflexionando sobre la situación, me venían a la cabeza preguntas de carácter técnico como: ¿por qué la ley no reconoce la contribución de una esposa hacia la compra de una propiedad solamente por el hecho de que la propiedad no esté a su nombre?, ¿por qué la ley no reconoce el derecho de la mujer a ser dueña de bienes o el derecho a heredar tierras?, ¿por qué no se le reconoce el derecho de permanecer en el hogar en el que ha vivido con su familia? o ¿por qué el derecho de una tercera persona prevalece frente al derecho matrimonial de una mujer? Veía que había algo intrínsecamente erróneo en una ley que iba directamente en contra de los derechos humanos, pero no sabía como empezar a enfrentarme a estas cuestiones.
Mientras todo esto sucedía, me iba familiarizando cada vez más con las enseñanzas de Escrivá, que iban incidiendo en mi forma de pensar y me ayudaban a reconocer el valor trascendental de la persona humana en su integridad, como hijo de Dios. Esto se reflejaba en sus enseñanzas, que siempre apelaba a la dignidad de la persona en sí misma, al respeto a su libertad tanto física como intelectual o de conciencia, el derecho a la honra, a una ley justa y a la propiedad privada.
Todos estos derechos no eran tampoco algo añadido sino obligaciones de la caridad: “La caridad cristiana no se limita a socorrer al necesitado de bienes económicos; se dirige, antes que nada, a respetar y comprender a cada individuo en cuanto tal, en su intrínseca dignidad de hombre y de hijo del Creador. Por eso, los atentados a la persona —a su reputación, a su honor— denotan, en quien los comete, que no profesa o que no practica algunas verdades de nuestra fe cristiana, y en cualquier caso la carencia de un auténtico amor de Dios. Espero que seremos capaces de sacar consecuencias muy concretas de este rato de conversación, en la presencia del Señor. Principalmente el propósito de no juzgar a los demás, de no ofender ni siquiera con la duda, de ahogar el mal en abundancia de bien, sembrando a nuestro alrededor la convivencia leal, la justicia y la paz” (Es Cristo que pasa, 72).
Reflexionando sobre el caso de Mónica y sobre estas palabras de Josemaría Escrivá, me dí cuenta del vacío de las leyes y costumbres de nuestro país. Faltaba el reconocimiento y respeto de los inalienables derechos humanos de toda persona.
Durante los últimos siglos frecuentemente se ha dado importancia a los derechos humanos como si hubieran sido otorgados por la sociedad misma o por los gobiernos o autoridades civiles. Sin embargo, no siempre han sido reconocidos, especialmente en países con autoridades militares, como es el caso de Nigeria. Aquí los aspectos de la ley civil que hacen referencia al respeto de los derechos humanos han sido abolidos.
La violación de los derechos humanos y la batalla por su restablecimiento
Detectar este vacío en el sistema legal del país no significaba conseguir resultados inmediatos de mejora, sobre todo porque la libertad de prensa había sido suprimida en 1984. Cualquier persona que hablase contra la situación legal del país — entre ellos Gani Fawehunmi SAN y Olisa Agbakoba SAN— era apresada, perseguida y amenazada con correo explosivo y muchas veces desaparecía bajo la siglas de SUD (sudden, unatural, death: muerte repentina no-natural). También estaba vigente la pena de muerte sin juicio previo, y el permiso incondicional para que la policía disparara a cualquier criminal encontrado por la calle. Todos estos abusos, aunque repudiados, prevalecían en la zona Este del país, y los ciudadanos no se podían expresar públicamente contra estos por miedo a las represalias.
Todo esto, además del caso de Mónica, acudía ininterrumpidamente a mi cabeza y me hacía sentirme impotente. Necesitaba alguien con quién hablar de esto y otros aliados que me ayudaran a navegar contra esta corriente tan poderosa.
En 1985 la Conferencia Mundial de la Mujer que tuvo lugar en Nairobi, sacó a relucir muchas cuestiones relacionadas con los derechos humanos fundamentales de la mujer. La federación internacional de mujeres abogados de la que formo parte (FIDA), desempeñó un papel muy importante en estos temas por lo que tuve la oportunidad de contribuir en el debate.
Además de los proyectos de ayuda humanitaria, FIDA ayudó a la creación de un Family Law Center que llevaría a cabo un proyecto de educación legal y ofrecería sus servicios gratuitos a mujeres y niños sin recursos. Para llevar a cabo este proyecto, preparamos conferencias, creamos panfletos -tanto en inglés como en igbo- que hablasen de los derechos humanos, así la población podría empezar a conocerlos. Entre los muchos asuntos que se trataron, se enfatizó el de la violencia contra la mujer y los niños. Tuve la oportunidad de impartir varias conferencias y de sacar a la luz algunas de las muchas ideas que tenía en mi mente. Habían nacido a raíz de mi experiencia con Mónica. Durante estos años —finales de los ochenta y principios de los noventa—tuve también la gran oportunidad de recibir más formación cristiana y una dirección espiritual más profunda, imprescindible y muy útil para enfrentar las responsabilidades que conllevaba el ejercicio de mi trabajo profesional.
Entre 1984 y 1991 Nigeria sufrió otra dictadura militar que significó, no sólo un ahogo de los derechos humanos, sino también la distorsión y destrucción del sistema de valores morales de la vida, tanto pública como privada. Aparentemente el país se estaba desarrollando socialmente, pero en realidad se dirigía hacia un colapso político, moral, y económico. La vida humana no se valoraba debidamente. Por ejemplo, aunque nuestros estatutos castigaban las anticoncepción, la eutanasia o el aborto, en la práctica estos actos eran permitidos. Crímenes como el homicidio y el robo a mano armada se hicieron comunes. La pena de muerte fue restaurada con el propósito de prevenir este tipo de ofensas, pero su reimplantación tuvo muy pocas consecuencias en una sociedad donde la vida moral iba en decadencia.
En estas circunstancias era muy fácil culpar al gobierno o a la Iglesia por su falta de dirección moral para los ciudadanos, o caer en un pesimismo sin fondo. Pero como Escrivá de Balaguer escribió:
“A los laicos, que trabajan inmersos en todas las circunstancias y estructuras propias de la vida secular, corresponde de forma específica la tarea, inmediata y directa, de ordenar esas realidades temporales a la luz de los principios doctrinales enunciados por el Magisterio; pero actuando, al mismo tiempo, con la necesaria autonomía personal frente a las decisiones concretas que hayan de tomar en su vida social, familiar, política, cultural, etc.” (Conversaciones, 11).
Esto significa que nadie puede ser eximido de la responsabilidad de llevar a cabo cambios en nuestra sociedad. Todos —con mucho o con poco— podemos y debemos contribuir al bien común. Esta enseñanza era a la vez un gran estímulo y un reto, coherente con la enseñanza del Evangelio que se refiere a que el cristiano debe ser el fermento de la masa de la sociedad humana. De esta forma, el verdadero cristiano, a través de sus relaciones familiares, profesionales y sociales, tiene la obligación de transformar y dirigir la sociedad hacia un desarrollo solidario que lleve al bien común.
Todo esto confirmó mi firme propósito y entusiasmo de seguir participando en las actividades de la FIDA relacionadas con los derechos humanos. Al principio de los años noventa, y en preparación para la Conferencia de la Mujer que se llevaría acabo en Beijín, varios de estos temas salieron a flote. En Nigeria, la sede de FIDA y su Centro Familiar intensificaron sus actividades en temas relacionados con los derechos humanos de la mujer, y los derechos de salud y reproductivos de la misma. Se organizaron varios seminarios y conferencias en numerosas ciudades y zonas rurales, tanto en inglés como en la lengua nativa.
Entre 1991 y 1994 tres eventos marcaron la dirección e intensidad de mi lucha por los derechos humanos. Una sesión de trabajo organizada en la iglesia de mi pueblo, un segundo golpe de estado de régimen militar y mi nombramiento como Ministro de Justicia de mi Estado.
Es costumbre que durante el mes de agosto las mujeres de cada comunidad se reúnan para discutir temas de interés, o para resolver situaciones problemáticas en todos los ámbitos: social, moral y cultural. Por lo general, estas sesiones comenzaban con una Misa o una ceremonia religiosa según fuera el caso. En la conferencia de 1991 en mi pueblo, hubo tres días se sesiones llamadas sesiones de "Planificación Familiar", que me resultaron muy sospechosas. La persona que dirigió estas sesiones era una mujer que pertenencia a la Agencia de Desarrollo Internacional de los Estados Unidos (USAID). Durante estas conferencias los materiales que se distribuyeron entre las participantes eran panfletos acerca de los diferentes tipos de anticonceptivos, abortivos, DIU, preservativos, inyecciones, etc. Mi cuñada participó en estas sesiones e, inmediatamente después de la primera, corrió a mi casa para contarme lo que había sucedido. Por supuesto que me enfadé mucho, y tanto mi esposo como yo aconsejamos a mi cuñada que tratara de tomar la mayor parte posible de los materiales distribuidos, y de recuperar aquellos que ya habían sido dados a las participantes. Además, las sesiones se celebraron dentro del edificio de nuestra iglesia. Inmediatamente nos pusimos en contacto con nuestro párroco, que después convocó a las participantes y dedicó un tiempo de oración antes de cada Misa a reparar por ese uso indebido de la iglesia. Convenció a las asistentes de que dejasen el material que habían recibido. También animó a recibir el sacramento de la confesión, si alguna ya lo había usado. Todas estas medidas tuvieron éxito.
En otro momento me hubiera parecido suficiente lo que ya había hecho, pero por algún motivo, no estaba del todo satisfecha. Esta experiencia me abrió los ojos al inmenso daño que las campañas anti-vida y pro-aborto hacen a sociedades que no tienen información suficiente para entender lo que realmente están haciendo. Mi visión de la magnitud del daño que estaban causando iba creciendo con el tiempo. Empecé entonces una campaña de educación y concienciación que difundiese la verdad acerca de éstos temas, especialmente en aquello que ahora se conoce como los Derechos Reproductivos de la Mujer.
Después de este incidente hubo un tercer golpe de estado militar, que duró desde 1993 hasta 1999. Durante éste período la violación de los derechos humanos fue institucionalizada. Vivíamos en un continuo estado de terror, depresión y gran carestía material. Muy pocos tenían medios económicos, y la mayoría de estas personas no veían la necesidad de que hubiese un cambio. Los pocos que se atrevieron a señalar estos errores tuvieron que pagar un gran precio, por lo que muchos otros decidieron permanecer en silencio y esperar a que algo ocurriese para que este período pasase rápidamente.
Sólo una formación alentadora que propusiera una perspectiva adecuada de los derechos humanos podía estimular para que uno no sucumbiera en este estado de depresión. Las enseñanzas de Josemaría Escrivá parece como si se hubiesen anticipado o hasta experimentado este estado de injusticia y temor: “Un hombre o una sociedad que no reaccione ante las tribulaciones o las injusticias, y que no se esfuerce por aliviarlas, no son un hombre o una sociedad a la medida del amor del Corazón de Cristo. Los cristianos —conservando siempre la más amplia libertad a la hora de estudiar y de llevar a la práctica las diversas soluciones y, por tanto, con un lógico pluralismo—, han de coincidir en el idéntico afán de servir a la humanidad. De otro modo, su cristianismo no será la Palabra y la Vida de Jesús: será un disfraz, un engaño de cara a Dios y de cara a los hombres” (Es Cristo que Pasa, 167).
A la luz de esto, no cabía cuestionarse si seguir en la lucha por los derechos humanos. Debía acometerlo en lugar de aquellas personas de nuestra sociedad que no tenían ninguna posibilidad de hacerlo. Me daba cuenta de que Dios, en su infinita sabiduría, me había dado tanto mis cualidades y mis defectos, mi educación y posición social, para que en la misma Nigeria — sin desear otra con realidades distintas en las que estaba viviendo— trabajara para mi santificación personal y la de los que me rodeaban, para contribuir al bien social. Tratar de cambiar o imaginarme en una situación distinta habría sido un deseo vano, escapista y me hubiese engañado a mí misma. La fuerza de estas enseñanzas me ayudaban a no darme por vencida en la lucha y a no rendirme ante la atmósfera impositiva de corrupción, sin ceder en el menor punto. A la vez, gracias a mi profesión, yo continuaba dando charlas de diversos temas culturales a grupos de mujeres, jóvenes, regentes nativos, etc. Vi como mi trabajo profesional era un buen instrumento para mejorar la situación.
En Febrero de 1994 fui nombrada Ministro de Justicia del país, lo que me puso en una nueva situación como gobernante. En una verdadera democracia este nombramiento habría sido decisivo, pero dadas las circunstancias del país, no podía hacer mucho legalmente, por estar en medio de un régimen y prohibiciones militares. Para poder llevar a cabo cualquier cambio tenía que recurrir mucho a la prudencia, al tacto en mis propuestas y a la diplomacia. Pero lo que más me ayudó en los momentos difíciles fue la oración de la estampa del fundador del Opus Dei.
Durante el período como Ministro de Justicia tenía la jurisprudencia total de la Constitución del país. Ejercitando este poder pude revisar muchos casos de convictos y sus situaciones para poder asegurarles un juicio justo, reducir o eliminar su sentencia, aludir y aconsejar el perdón en casos en que no había causa evidente de encarcelamiento, etc. También hice varios nombramientos de Jueces de Paz: hombres y mujeres responsables, de variados estratos sociales, personas morales y prudentes, que podrían ayudar a mantener la paz y el orden en sus comunidades. A la vez, en medio de la mentalidad y modo de actuar militarista de la Policía y de las autoridades carcelarias, pude ayudar a que, poco a poco, algunos derechos fundamentales fuesen reconocidos y defendidos legalmente, de acuerdo a nuestra constitución.
Mi posición como Ministro de Justicia duró de 1994 a 1997, años en los que pude seguir contribuyendo en FIDA y en la Conferencia de Mujeres en Beijín. Sin duda, el tema de los Derechos Reproductivos de la Mujer seguía siendo de gran interés para mí. Durante este período di muchas conferencias hablando de este tema desde una perspectiva moral y práctica. No obstante, las voces del movimiento anti-vida llegaban a todos lados clasificando mis ideas como anticuadas, religiosas, imposibles de vivir, o en desacuerdo con la mentalidad actual. Estos ataques agrandaron mis deseos de defender la vida en todos los campos. Fue así que di muchas conferencias y workshops en FIDA en Ghana, Kenia, Beijín, Nueva York, Washington DC y en el workshop del National Population Policy, etc.
Seguí trabajando con la sede de FIDA en Nigeria, fui nombrada Presidente de la asociación. Formamos un nuevo comité para tratar de erradicar algunas de las prácticas todavía prevalentes y dañinas en las costumbres y en las leyes nativas y civiles. Algunas de las prácticas nativas aprobadas legalmente son la estimulación de órganos genitales femeninos, el derecho de la mujer a heredar o poseer propiedades, y las prácticas nativas repugnantes con las viudas. Trabajando con otras entidades (NAWOJ, WACOL, etc.) pudimos escribir una ley de derechos para las viudas que fue aprobado por la cámara de representantes el 8 de marzo del 2001. Esta misma ley fue aprobada a nivel nacional. En estos momentos estamos trabajando en otra ley que reconozca el derecho a herencia y propiedad para las mujeres. Esto ayudará a casos similares al de Mónica. También hemos propuesto que se forme una coalición para el estudio y la implementación de las leyes que vinculan de forma particular a la mujer. Esta coalición fue aprobada y formada oficialmente en julio del 2001.
Dentro de ambos ámbitos — vida profesional y vida privada— sigo trabajando en el reconocimiento de los derechos humanos. Ha habido casos muy específicos en los que he podido contribuir un poco en una justa remuneración o en el reconocimiento de derechos humanos: Mary N, viuda de 31 años cuyo marido fue asesinado en la calle sin aparente motivo; Rita O., estudiante universitaria de tercer año que fue herida en este mismo incidente y como resultado ha quedado paralizada e imposibilitada de terminar sus estudios universitarios; Peter O., que fue encarcelado sin causa aparente.
Aunque la democracia haya sido legítimamente reconocida, el país necesita deshacerse aún de prácticas militaristas que todavía existen en la mente de muchos para poder ejercer la justicia. Es en estos casos o en momentos como los anteriormente descritos donde puedo contribuir —aunque sea un poco— al desarrollo de mi sociedad.
Toda sociedad está compuesta de individuos — un tú y un yo. La vida y los sucesos de cada sociedad equivalen a la acción de cada individuo, como tú y como yo. Por lo tanto, es necesario que las acciones de cada individuo sean buenas y justas para poder tener una comunidad que respete el orden social y humano digno de toda persona. Esta es la forma de que haya un verdadero respeto de lo derechos humanos. Esto se transformará a su vez en paz, felicidad, y estabilidad social. La formación y educación de cada individuo es de radical importancia para que esto pueda suceder.
Durante los sucesos que he mencionado he dado a conocer la vida y escritos de Josemaría Escrivá a muchos de mis colegas y amigos. He podido ver en ellos un cambio y un despertar a las mismas inquietudes e ideales que tengo yo. De este modo, he encontrado aliados en mi lucha por la defensa de los derechos humanos.
El fundador del Opus Dei dedicó su vida entera al apostolado de la formación -humana, profesional, doctrinal, apostólica y espiritual- de los que se acercaban a él, en persona o a través de sus escritos. La eficacia de su apostolado continua creciendo y dando frutos en proporción geométrica a través de la vida y las ocupaciones ordinarias de todos aquellos que se dejan guiar por sus enseñanzas.
Mientras haya necesidad de personas con una vida cristiana coherente para impulsar desde dentro el desarrollo de nuestra sociedad, también habrá necesidad de la formación iniciada y vivida por Josemaría Escrivá.

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